Hutíes y Al Qaeda: mar Rojo
El avance hutí en la costa de Yemen y su cooperación con organizaciones vinculadas a Al Qaeda agravan la amenaza sobre una de las grandes rutas del comercio mundial. Pero los contactos, el tráfico de armas y los acuerdos de conveniencia no equivalen a una fuerza unificada ni prueban que los yihadistas hayan dirigido la ofensiva.
El mar Rojo vuelve a situarse en el centro de una crisis que ya desborda las fronteras de Yemen. La toma de Moca el 10 de septiembre y la llegada de combatientes hutíes a la isla de Perim, también conocida como Mayún, al día siguiente han reforzado la posición del movimiento junto al estrecho de Bab el Mandeb. A la presión ejercida mediante misiles y drones se añade ahora una ventaja territorial en el acceso meridional a esta vía marítima.
La dimensión africana de la amenaza es menos visible, pero merece atención. Los hutíes han estrechado relaciones con Al Shabaab, la organización somalí afiliada a Al Qaeda, y mantienen acuerdos de conveniencia con Al Qaeda en la Península Arábiga. Son relaciones distintas, con interlocutores y objetivos propios. Confundirlas con una sola organización impediría comprender tanto su peligro como sus límites.
El valor de Bab el Mandeb
Bab el Mandeb conecta el golfo de Adén con el mar Rojo y constituye el acceso meridional a la ruta del canal de Suez. En su punto más estrecho apenas alcanza unos 29 kilómetros de anchura. Esa geografía concentra el tráfico y convierte determinadas posiciones costeras e insulares en activos estratégicos de primera importancia.
Sin embargo, ocupar una costa no significa dominar de manera absoluta las aguas que la rodean. Para imponer un control permanente hacen falta medios de vigilancia, capacidad de intervención y continuidad logística. La ventaja de una fuerza que pretende perturbar el tránsito es otra: puede obtener resultados sin cumplir todos esos requisitos. Basta con que la amenaza resulte suficientemente creíble para alterar las decisiones de quienes transportan mercancías.
El precedente existe. La campaña hutí contra la navegación iniciada a finales de 2023 empujó a grandes compañías a desviar buques alrededor del cabo de Buena Esperanza. La nueva ofensiva debe leerse sobre ese trasfondo: ganar terreno próximo al estrecho puede reforzar una capacidad de intimidación que ya había producido efectos mucho más allá de Yemen.
La conexión con Al Qaeda
La expresión «con ayuda de Al Qaeda» necesita una precisión esencial. En el frente africano, el actor relevante es Al Shabaab. En Yemen, la relación se establece con Al Qaeda en la Península Arábiga, conocida por las siglas AQPA o AQAP. Compartir una afiliación internacional no convierte a ambas ramas en organizaciones intercambiables ni permite atribuir automáticamente a una las operaciones de la otra. Los hutíes proceden del zaidismo, una corriente del islam chií. Al Shabaab y la rama arábiga de Al Qaeda pertenecen al yihadismo suní. La distancia doctrinal es profunda y las relaciones entre los hutíes y los yihadistas yemeníes han incluido enfrentamientos. Su acercamiento actual no borra ese historial: muestra que la hostilidad ideológica puede coexistir con acuerdos útiles para ambas partes.
Desde 2022, los hutíes y AQAP han mantenido un entendimiento de no agresión que ha incluido cooperación en seguridad e inteligencia y acciones contra adversarios gubernamentales. Un acuerdo de esa naturaleza permite reducir la presión sobre determinados frentes y concentrar recursos en otros. No requiere una reconciliación religiosa ni una integración orgánica; puede sostenerse mientras sus participantes consideren que obtienen más ventajas colaborando que combatiéndose.
Esta distinción importa para evaluar la ofensiva de septiembre. Los vínculos con organizaciones de Al Qaeda no bastan para dar por demostrada su participación directa en la conquista de Moca o en el avance hacia Perim. Atribuirles esas operaciones exigiría evidencias específicas sobre quién intervino, bajo qué mando y con qué cometido.
Armas, dinero y territorio
La relación con Al Shabaab tiene una lógica de intercambio especialmente preocupante. Los hutíes aportan acceso a armamento y conocimientos militares; la organización somalí dispone de recursos financieros y conexiones locales que pueden resultar valiosas para sus interlocutores yemeníes. La cooperación ha incluido transferencias de armas y formación, y amplía las posibilidades de actuación a ambos lados del golfo de Adén. El dinero es una parte decisiva de esa ecuación. Al Shabaab obtiene ingresos mediante la extorsión y la imposición coercitiva de pagos, y utiliza redes financieras y comerciales para mover recursos. Los contactos con actores armados de Yemen añaden una dimensión transfronteriza a una economía clandestina que no se explica únicamente por la afinidad política o religiosa.
La formación puede tener un efecto más duradero que una entrega puntual de material. Un cargamento se consume, se pierde o se intercepta; los conocimientos pueden difundirse y reutilizarse. Esa es una de las razones por las que la cooperación resulta relevante incluso sin una gran operación conjunta visible. El riesgo no depende exclusivamente de cuántas armas cruzan el mar, sino también de cómo cambia la capacidad de quienes las reciben.
Para los hutíes, ampliar sus relaciones africanas puede reducir el aislamiento y proporcionar alternativas de financiación y conexión regional. Para Al Shabaab, el acceso a nuevos medios podría fortalecer su capacidad de amenazar al Estado somalí y a sus aliados. El beneficio de una parte no tiene por qué adoptar la misma forma que el de la otra.
Una alianza con límites
También conviene separar cooperación, subordinación y mando conjunto. Comprar armas no equivale a aceptar órdenes. Recibir entrenamiento no demuestra que todas las operaciones posteriores respondan a una planificación compartida. Y actuar contra enemigos coincidentes no convierte necesariamente a varios grupos en una fuerza única.
La misma cautela debe aplicarse a la piratería. Las conexiones entre traficantes, grupos armados y redes criminales pueden favorecer intercambios y negocios, pero no autorizan a atribuir cada secuestro marítimo a Al Qaeda o a los hutíes. Borrar esas diferencias produciría un mapa aparentemente sencillo y operativamente engañoso. En realidad, una cooperación limitada puede ser suficiente para aumentar el peligro. No hace falta que todos los participantes compartan una estrategia completa: basta con que determinados acuerdos les permitan sobrevivir mejor, adquirir recursos o perjudicar a adversarios comunes. Esa flexibilidad complica la respuesta, porque desactivar una relación concreta no garantiza que desaparezcan las demás.
El dilema de Washington
La crisis de 2026 añade un elemento que multiplica la presión: las perturbaciones del tráfico por Ormuz durante la guerra con Irán han aumentado la importancia de las salidas saudíes al mar Rojo. La amenaza hutí afecta así a una ruta alternativa precisamente cuando su disponibilidad resulta más valiosa. No conviene confundir esa convergencia de intereses con la demostración de que cada decisión hutí se toma por orden de Teherán. El movimiento mantiene objetivos propios en Yemen. Pero una acción puede servir simultáneamente a una ambición territorial local y a la presión regional que beneficia a Irán.
Washington se enfrenta, por tanto, a un problema que no admite soluciones gratuitas. Una nueva intervención exigiría medios militares y recursos de defensa ya sometidos a presión por el conflicto regional. Renunciar a ella tampoco eliminaría los riesgos para la navegación ni las demandas de seguridad de sus socios.
La disuasión tiene además dos destinatarios diferentes. Debe influir en el cálculo del actor armado, pero también en el de las compañías que deciden por dónde navegar. Una operación puede destruir capacidad militar sin convencer de inmediato a una naviera de que el riesgo ha desaparecido. La seguridad efectiva y la confianza comercial no siempre se recuperan al mismo ritmo.
La factura del comercio
Las consecuencias económicas empiezan antes de que se cierre por completo un estrecho. Los desvíos alargan los trayectos, aumentan las necesidades de combustible y alteran la disponibilidad de buques. La inseguridad también repercute en los seguros y en los plazos de transporte. Una ruta puede seguir abierta y, aun así, perder buena parte de su utilidad comercial.
Para una empresa, el problema no es únicamente pagar más por un envío. También consiste en no saber con suficiente antelación cuándo llegará. Esa incertidumbre puede obligar a adelantar compras, mantener más existencias o buscar proveedores alternativos. El coste de la crisis se transmite así desde el transporte a la organización cotidiana de la producción y la distribución.
No todas las mercancías, navieras o economías quedan expuestas de la misma manera. Importan el origen, el destino, las alternativas disponibles y la capacidad de absorber gastos adicionales. Presentar el mar Rojo como una vía completamente paralizada sería tan impreciso como minimizar el daño porque todavía circulen barcos.
Los civiles, entre dos fuegos
En Yemen, las consecuencias más inmediatas no se miden en fletes. El avance de septiembre ha provocado nuevas huidas y desplazamientos, y parte de la población ha cruzado el estrecho hacia Yibuti. La reanudación de grandes combates pone en peligro la relativa calma que había prevalecido desde la tregua de 2022. Para una familia que abandona su hogar, un puerto no es solo una posición estratégica. Es un lugar de trabajo, una conexión con el abastecimiento y una posible vía de salida. Las decisiones militares que buscan modificar el equilibrio regional afectan de forma directa a quienes carecen de medios para protegerse o marcharse en condiciones seguras.
Cualquier respuesta que mida su éxito únicamente en objetivos destruidos dejará fuera una parte esencial del problema. La protección de la navegación y la de la población civil deben evaluarse juntas. Una mejora temporal del tránsito no supondría una estabilización duradera si viniera acompañada de un deterioro continuado de las condiciones de vida en tierra.
Amenazar no es dominar
Los hutíes no necesitan convertirse en una potencia naval convencional para causar daños económicos importantes. La combinación de posiciones costeras, capacidad de ataque y relaciones transfronterizas puede permitirles imponer riesgos superiores a los que sugeriría una simple comparación de flotas. La cooperación con actores vinculados a Al Qaeda añade profundidad a esa amenaza, pero no convierte cada avance hutí en una victoria militar conjunta.
El desafío consiste en responder a cada componente sin confundirlos: la ofensiva territorial en Yemen, los ataques a la navegación, la financiación de los grupos armados y la expansión de sus relaciones africanas. Tratarlos como conflictos totalmente separados dejaría huecos; presentarlos como una organización única ocultaría diferencias necesarias para entenderlos. La conclusión no es que los hutíes hayan conquistado el mar Rojo. Es que han reforzado su capacidad para hacer más costoso y menos previsible su uso. Y para alterar una ruta comercial de alcance mundial, esa capacidad puede bastar.
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